
Guillermo Nova | La República | La Habana
La reciente detención de Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional (FMI) por intento de violación a una camarera de un hotel de Nueva York en el que estaba alojado, puso al desnudo la realidad de unos poderosos que reducen las personas a objetos y todo lo consideran mercancías que se compran y se venden.
Militante del Partido Socialista Francés y ex ministro de Comercio Exterior y Economía, Strauss-Kahn era uno de los posibles candidatos de la izquierda en la nación gala frente a un Nicolás Sarkozy quien paradójicamente es criticado por los progresistas de utilizar a su esposa Carla Bruni como una mujer objeto para proyectar una imagen de presidente exitoso.
Las dos formaciones políticas coinciden en los postulados neoliberales de las sacrosantas privatizaciones de los servicios públicos, en el próximo encuentro electoral se pretendían enfrentar dos modelos de valores, en el que la socialdemocracia ofrecía una alternativa centrada en el respeto a los derechos ciudadanos.
Pero la reciente detención del director del FMI también nos ha traído a la luz, aunque los medios de comunicación poco han centrado el foco en este aspecto, la realidad de una organización a la que nadie vota pero que decide sobre el futuro de nuestras vidas sin preguntarnos nuestra opinión.
En los momentos más duros de la crisis económica internacional del capitalismo, la receta que este organismo defendió fue el aumento de la edad de jubilación, el despido masivo de funcionarios públicos, las reducciones salariales y unir las retribuciones a la productividad y la privatización de las pensiones, entre otras medidas.
El FMI, buen conocedor del sabor amargo de su propia medicina, no quiso dar ejemplo con su discurso hegemónico y ofreció prejubilaciones a sus empleados antes de los 50 años, incluso a los que no aceptaron pasar al retiro los recolocó en otros organismos multilaterales sin perder las buenas condiciones laborales.
El ex profesor de Economía por la Universidad de Nancy percibía, hasta el momento de su detención, aproximadamente 496 mil dólares al año libres de impuestos, que se dividían entre 420.930 dólares de salario y 75.350 dólares en forma de complementos.
Una retribución acorde a un ritmo de vida que le permitió a Strauss-Kahn alojarse en un hotel de tres mil dólares la noche, como en el que presuntamente cometió los abusos sexuales con una camarera.
Pero tras el presunto escándalo, el economista francés no se irá con una mano delante y otra detrás, ya que percibirá una pensión vitalicia de 80 mil dólares al año.
Casos como el de Strauss-Kahn ponen al desnudo una institución que se caracteriza por ser precisamente poco trasparente, pero sobre todo nos muestra en manos de quien están nuestros destinos.