Hijo del exilio

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A hombres como a ti no se les llora sino que se les imita

Estaba leyendo el fantástico libro “Cómo el Che burló a la CIA” de José Gómez Abad, publicado por RD Editores, con el apoyo del Comité Provincial del Partido Comunista en Sevilla, cuando me golpeó la noticia de su fallecimiento, el pasado 18 de Enero en La Habana a consecuencia del voraz cáncer que le aquejaba, pero contra el que luchó con fuerza y coraje hasta el último momento.

Licenciado en Historia y profesor de la Universidad de la Habana, su Alma Mater fue la Seguridad del Estado, donde lo aprendió todo y lo enseñó todo, trabajando en la Dirección General de Inteligencia del Minint cubano, durante treinta años hasta su jubilación, si es que uno se jubila de eso algún día. Siendo la tarea que más le marcó el entrenamiento y preparación del Che, Tania y los combatientes cubanos, bolivianos y peruanos para que pudieran llegar sanos y salvos a la Selva Ñacahuasú, burlando el cerco internacional que la CIA estableció contra ellos.

Pero él ante todo era un hijo del exilio, aprendió de él y del ejemplo de su padre, el español José Gómez Galloso, secretario general del Partido Comunista de Galicia, redactor de Mundo Obrero y guerrillero, que como el Ché fue hecho prisionero con una herida, torturado y ejecutado, sin que consiguiesen que delatase a ningún compañero.

Pero él continuó siendo un hijo del exilio, aprendió de él y del ejemplo de su madre, la valenciana Concha Abad, que trabajó sin descanso para que no se cometiese el crimen contra su esposo y otros combatientes españoles prisioneros del franquismo.

Su madre participó activamente en la lucha contra la dictadura batistiana y ya en Revolución, machetera en la zafra, miliciana en Girón, trabajadora voluntaria allí donde se necesitase, llegó a ser presidenta de la Federación de Mujeres Cubanas en el Minrex, siendo enviada por Raul Roa a trabajar en la delegación cubana en Madrid en la agonía del franquismo.

Fueron comunistas consecuentes, no teóricos, de los que no tenían descanso en la práctica cotidiana, de los que predicaban con el ejemplo.

Hijo del exilio, siempre se consideró un revolucionario cubano y español y aprendió que había muchas formas de amor y que el del compañero y hermano de ideales es tan fuerte como el filial o el que desordena el corazón.

Este hijo del exilio al igual que sus padres son para todos nosotros referente obligado de actitud ante la vida, de todos aquellos que abandonaron la comodidad del hogar y fueron a buscar nuevos horizontes, donde poder hacer realidad sus inquietudes

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Madres paridas por sus hijos

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Ese pañuelo blanco en la cabeza, vistoso una vez caído el sol, que se utilizó por primera vez un siete de octubre de 1977 en Luján, sirvió para reconocerse entre ellas, pero sobre todo sirvió para reconocer una realidad que estaba silenciada, la de la desaparición de sus hijos revolucionarios, víctima de la dictadura militar en el país.

Ese pañal de gasa blanco, se convirtió en abrazo con lo más sagrado de sus vidas, sus hijos, a los que alguna vez con esta tela acunaron y protegieron, por los que pedían justicia, por los que entendieron que resistir y luchar era un sí a la dignidad, un sí a la vida.

Madres paridas por sus hijos, mujeres que se negaron a aceptar la amnesia oficial, luchadoras contra el silencio y la burla, en tiempos de una dictadura militar que se autodenominó Proceso de Reorganización Nacional.

En un país convertido por los generales en un cuartel y por los ministros en un negocio, los violadores de mujeres atadas, los verdugos de obreros desarmados, se rindieron sin disparar un sólo tiro a los ingleses en la guerra de las Malvinas.

Guerra patria que por un rato unió a los argentinos pisados con los argentinos que pateaban, causa justa en manos injustas, que envió al matadero a muchachos que ante el abandono, más sufrieron de frío que de fuego.

No les tembló el pulso para firmar la rendición, de una guerra declarada por unos militares que no estuvieron allí de ni visita, bastante ocupados estaban torturando en la Escuela de Mecánica de la Armada.

Madres que tienen como hijos a todos los que en el mundo sufren las injusticias y luchan contra ellas. Su pañuelo blanco símbolo de vida frente a la muerte, blanco transparente en una etapa oscura y negra, treinta años después, aunque no lo pensaron, su gesto de dignidad se ha hecho símbolo y perdura en el tiempo rompiendo fronteras.

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