El hotel cubano más universal

Guillermo Nova | La República | La Habana

Diseñado por el estudio Mc Kim, Mead and White, construido por la Purdy and Henderson, financiado por el National City Bank, regentado por la Kirbeky Hotels Corporation y dirigido por William P. Taylor, todavía tuvieron la desfachatez de llamarlo Hotel Nacional de Cuba.

El edificio se construyó en los terrenos de la colonial batería defensiva de Santa Clara, en aquel momento en el mismo lugar el jefe del Ejército cubano tenía un negocio de fertilizantes para los jardines de las mansiones de los acaudalados de la ciudad.

Con los excrementos procedentes de las caballerizas del campamento militar de Columbia, se abonaban los barrios residenciales, hasta esos límites había llegado la putrefacción de la corrupción.

En aquel momento la dictadura machadiana quería presentar una imagen de ciudad próspera, civilizada y con futuro que ocultara el violento subdesarrollo y la miseria imperantes en el resto del país.

Pasó el tiempo, pero los “piratas” permanecieron al frente de un gobierno que lo convirtieron en un consejo de administración de una gran empresa llamada República de Cuba S.A.

Más tarde se fraguó el matrimonio entre el dictador Fulgencio Batista y el mafioso Meyer Lansky, el cual quería parir Las Vegas del Caribe, ambos se repartieron los beneficios de la ruleta y el black jack en el “Montecarlo de América”.

Durante los casi treinta años de gestión norteamericana no todos los huéspedes eran admitidos en el Hotel Nacional, los negros tenían cerradas sus puertas para alojarse y para trabajar eran supeditados a labores que no tuviesen contacto con los clientes.

Por sus habitaciones pasaron algunos de los artistas más importantes del momento como Agustín Lara, John Wayne, Buster Keaton, María Félix, Fred Astaire o Frank Sinatra, todos dejaron huella y recordaron siempre el momento.

Pero se acabó la diversión, llegó el comandante y mandó a parar. El primer director del hotel de la etapa revolucionaria, Jorge Miguel Jorge, vestía de uniforme verde olivo mientras novecientas campesinas de las zonas montañosas aprendieron a leer y escribir en la escuela Ana Betancourt.

El casino con sus ruletas cerró, el cabaret Le Parisien continuó funcionando y las estrellas de cine y grandes personalidades políticas volvieron a pasear por sus jardines y salones, pero ahora el Hotel Nacional sí que era cubano.

Báez Luis, De la Hoz Pedro, Revelaciones de una leyenda, Editorial Capitán San Luís, 2010, La Habana.

 

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